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De Valparaíso a Rapa Nui, Bitácora de un Sueño

Actualizado: 22 dic 2023


Kuini Analola en alta mar
Kuini Analola

Después de recorrer la pista para alcanzar la velocidad de despegue, el avión se elevó. Casi

inmediatamente estábamos sobre el océano y no veía más que agua hasta donde alcanzaba mi vista en el horizonte. Con curiosidad escrutaba la superficie del mar tratando de identificar cualquier cosa extraña que no fuera las olas, que se hacían más y más pequeñas a medida que ascendíamos. Me acomodé en el asiento y pensé “… estuvimos 27 días navegando en esta inmensidad, en un espacio de 15 por 5 metros, no hay nada,

absolutamente nada en miles de millas a la redonda”. Llené mis pulmones con una

bocanada de aire que boté suavemente, mientras me hundía en un asiento que sentí

especialmente suave, cómodo y mullido. La temperatura era muy agradable en la cabina

del avión, que luego de ese rápido despegue me pareció inmóvil, como suspendido en el

aire. Yo estaba seco, mi ropa limpia y después de muchos días, no me preocupaba nada,

nada de lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Sólo cerré mis ojos y mil recuerdos y

emociones se agolparon en mi mente.


Un mes y medio antes, recibía un sorpresivo y grato llamado telefónico de Mario, mi primo.

Después de los saludos se fue directo al tema por el cual me contactaba y disparó “… tengo

un conocido de Rapa Nui que se hizo una embarcación tradicional en Chiloé, están zarpando en estos días desde Calbuco rumbo a Valdivia. La Armada les pidió un Capitán de Alta Mar para el tramo entre Valparaíso y Rapa Nui y yo me acordé de ti, te interesa?”. Los mismos dos segundos por los que me quedé sin aire, los aprovechó Mario para arremeter

nuevamente “… es un señor de Rapa Nui que tiene una fundación y el objetivo de esta es

recuperar las técnicas de navegación ancestral polinésicas para enseñar a los jóvenes de la

isla … irías en el viaje como Capitán?”. Inmediatamente sentí que esa experiencia era mía.

En una fracción de segundo la idea me llenó de entusiasmo y súbitamente, estaba cautivo

por el objetivo. Percibí que claramente esto estaba reservado para mí y además, tuve la

curiosa sensación de que se trataba de un libreto minuciosamente preparado con

anticipación. Con esa misma claridad afloraron espontáneamente de mi boca las únicas líneas que yo tenía que responder en ese momento y sin siquiera pensarlo me apresuré a contestar “¡… consideraría un verdadero privilegio contribuir a que ellos pudieran lograr su objetivo, yo voy!”.


Tal como suele suceder cuando son las pasiones las que nos gobiernan, apareció

súbitamente en esta escena imaginaria, mi lado racional… perseguía a mi espíritu, que ya

se había comprometido por el resto y acababa de salir silbando y feliz por la puerta de atrás.

Sólo atiné a señalarle el camino para que le diera alcance y deseé que de aquí en adelante

esos dos no se separaran y se pusieran siempre muy de acuerdo.


Así pues, a partir del preciso momento en que acepté el desafío, comprendí que como

Capitán, sería el único abordo que no podía aducir sólo razones emocionales para estar ahí,

yo tenía un trabajo serio y de gran responsabilidad que realizar. El primer paso y para mí el

más importante, sería conocer a Lynn Rapu, que además de ser el armador o dueño de la

embarcación, iría en el viaje como tripulante. Tendría la oportunidad de conocerlo a él, al

resto de la tripulación y por supuesto a la embarcación en su ya próximo paso por Valdivia.

La navegación por aguas interiores protegidas desde Quellón a Calbuco no tuvo problemas.

Según supe, la navegación desde Calbuco al Canal de Chacao se realizó calmadamente y con buenas condiciones, siempre escoltados por una unidad naval. Recién saliendo del canal, se encontró la tripulación con un viento en contra que finalmente les obligó a acoger la sugerencia de la lancha escolta de regresar a aguas protegidas y dirigirse a Ancud, puerto donde descansaron y esperaron a que mejoraran las condiciones. Luego de dos días

zarparon y la navegación se desarrolló aparentemente sin grandes inconvenientes hasta

entrar a Valdivia. Posteriormente me enteraría de que en ese tramo hizo crisis la

convivencia abordo. Una tripulación desgastada y un Capitán sin las habilidades necesarias

fueron los factores principales que derivaron en una crisis que tendría sus consecuencias

antes del zarpe desde Valparaíso y que me correspondería manejar, de manera de lograr

que la tripulación se embarcara.


​Apenas algunas horas luego de que atracaron en el muelle de Valdivia, me fui a presentar

abordo con el objeto de cumplir con el primer paso que consideraba fundamental. Desde

el muelle pregunté por Lynn Rapu a un miembro de la tripulación que se encontraba

trabajando en cubierta. ¡Tío Lynn, te buscan! … gritó este hacia un grupo de gente que conversaba animadamente más a popa.

Lynn se separó del grupo y

bajó a tierra a encontrarme mientras se

ponía una polera. En sus cincuentas, de

mediana estatura, pelo largo, cuerpo

tatuado y con una pintoresca barba de

chivo, Lynn me pareció un tipo muy especial, en apariencia muy sencillo, de trato afable y cordial, pero al mismo tiempo capaz de proyectar espontáneamente

un interesante aire de sofisticación.


Mientras nos saludábamos le invité un café en un lugar cercano objeto pudiéramos conversar. Caminamos hasta el lugar y luego de pedir unos cafecitos hablamos de la navegación desde Chiloé, de la belleza del rio y de algunas otras nimiedades como los

restaurantes en Valdivia y el clima de la región.


Yo sabía que él necesitaba de ayuda para zarpar desde Valparaíso, sin embargo, nunca me

la pidió. Me resultó evidente que, quizás debido a razones culturales, le era complicado ser

directo y comprometerse con alguien a quien él no conocía. A propósito no abordé el tema

esperando que él lo hiciera durante nuestra conversación, cosa que no sucedió sino hasta

cuando ya estábamos listos y nos aprestábamos a salir del café. Ya de pie, Lynn se inclinó

hacia adelante, apoyó sus manos en la mesa y se animó a preguntar mirándome directamente a los ojos “¿y entonces, tenemos Capitán?”. Tan rápido como lo hizo, le

respondí que sí y, aún advirtiendo que en momento alguno me pidió ayuda de manera explícita como quizás lo habría hecho alguien más directo y frontal, agregué que consideraba un privilegio ayudarle a concretar su proyecto. Lynn me pareció un tipo en lo

absoluto ingenuo, legítimamente orgulloso pero sencillo, particularmente reservado,

evidentemente desconfiado pero sobre todo honesto, muy bien inspirado y profundamente

comprometido con la idea de ayudar a su pueblo. Como se lo expresé al momento de asumir

el compromiso, yo no podía negarme a ayudarles a alcanzar tan nobles objetivos, era paramí un verdadero privilegio. De ahí en adelante pasé a ser para todos el “Capi”, me sentí

cálidamente acogido y muy orgulloso de ser parte del equipo.


No se esperaba que yo zarpara con el catamarán desde Valdivia pero sí ayudé en la

preparación del plan de navegación entre Valdivia y Valparaíso. Tenía muy poco tiempo

para conocer a la tripulación, lo que me interesaba de sobremanera antes de que siguieran

viaje hacia Valparaíso.


Sabía que necesitaba ganarme la confianza de ellos y lograr crear un vínculo antes de que

partieran ya que el grado de confianza que alcanzáramos en el par de días que estarían en

Valdivia, sería fundamental para continuar sembrando a la distancia durante los días en que

no compartiríamos físicamente. Para mi sorpresa, me pareció desde el comienzo un grupo

particularmente abierto y cálido, lo que me facilitó la labor de conocerlos y de crear la

relación de confianza mutua que quería lograr.


La confianza que logramos construir en ese corto período, permitió que les hiciera

embarcarse y continuar, en la parte más interesante de la aventura en la que ellos

participaban desde hacía bastante tiempo. Algunos de ellos llevaban un par de años en

Chiloé, trabajando con Lynn en la construcción.


Transcurrieron diez días durante los cuales mantuve comunicación telefónica esporádica

con Lynn y algunos miembros de la tripulación, el esfuerzo realizado durante la estadía en

Valdivia estaba dando sus frutos. Me llamaron varias veces para confirmar que seguía

dispuesto a zarpar con ellos. No entendía entonces tanta preocupación, en circunstancias

que yo ya me había comprometido a acompañarles y nada había cambiado. Luego me

enteraría de que se creía entonces que, tal como pasó con otras personas que se

comprometieron a acompañarles y que luego aduciendo diferentes motivos se retractaron,

Lynn y algunos miembros de la tripulación no tenían la certeza de que yo siguiera disponible.


Esta duda no sólo era crítica para Lynn sino que también para algunos miembros de la

tripulación que habían decidido no embarcarse si es que yo no iba. Esto me advirtió de un

desgaste de la convivencia entre la gente, lo que atendiendo a las circunstancias y sin entraren los detalles, me parecía esperable y normal. Era eso sí, una situación que yo tendría que abordar antes del zarpe y manejar con especial atención durante la navegación.

Durante estos diez días me dediqué a estudiar la climatología de la región, a diseñar un plan

de navegación y, a completar una detallada evaluación de riesgos. Este último análisis me

permitiría identificar los riesgos más significativos a los que nos expondríamos y diseñar los

controles efectivos para cada uno de ellos.


Pensaba que la desconfianza de la tripulación se habría disipado completamente después

de varias consultas que recibí de varios de ellos pidiéndome que les confirmara y re

confirmara que iría como Capitán. Lynn me informó entonces que planeaba zarpar el día

Domingo 31 de Marzo, esto era, en cuatro días.


Para ese momento el Kuini Analola no contaba con los equipo mínimos que la Armada le

exigía para autorizar el zarpe, equipos que aún debían ser comprados, importados,

instalados y finalmente aprobados por la autoridad marítima. Me parecía entonces

evidente que no zarparíamos en la temporada presente y que deberíamos esperar durante

el invierno en Valparaíso. Con esto en mente llegué al puerto el día Sábado, un día antes

del zarpe programado. Para mi sorpresa ya se habían conseguido los equipos y la Armada

había puesto gente a trabajar durante el fin de semana para facilitar el zarpe. De tal manera

que salvo que surgiera un factor inesperado, este se había hecho inminente. No sabía si

estar contento porque todo estaba saliendo más rápido de lo que yo mismo pensaba o, si

preocuparme justamente por la misma razón. De alguna manera cargaba al mismo tiempo

con los dos sentimientos.


Estábamos ya en Abril, en el límite aconsejable para recorrer esa parte del océano en

dirección a la isla. Para aquellos que hayan puesto atención a la carta sinóptica de la zona

del Pacífico Suroriental, el Anticiclón Semipermanente del Pacífico, que en los meses del

verano del hemisferio sur nos “protege” de los frentes, en Abril se debilita, permitiendo

eventualmente que los frentes pasen e invadan justo la zona que navegaríamos. Si nos

llegaba a encontrar un frente con mucha energía, enfrentaríamos condiciones que el KuiniAnalola muy probablemente, no estaba preparado para soportar. Recordemos que se trata de un catamarán artesanal y precario en muchos sentidos.


Durante esa tarde se programó el zarpe para el día lunes 1 de Abril. El día domingo, un día

antes del zarpe programado y habiendo yo confirmado en todos los idiomas que iría en la

navegación como Capitán, Vaimiti (Miti) aún no estaba segura de ir. Luego de una breve

conversación en la que apelé al largo camino que ella ya había recorrido para estar ahí, se

convenció y partió rauda a Santiago a buscar su ropa y equipo de navegación. Serafina (Sera) estaba en Rapa Nui y, sólo saltó al avión cuando le avisé que yo ya estaba en viaje a

Valparaíso para embarcarme. Tanto a Sera como a Miti las había conocido en Valdivia.

También a Claudio Ramírez, Benjamín, Herbert, Hoko y por supuesto, a Lynn. Me dio mucho

gusto que todos ellos finalmente decidieran viajar, en algunos casos era un voto de

confianza con el que me favorecían y comprometían. A los ya mencionados, se agregaron

Hopo (hermano de Lynn) y Felipe, quien tendría la misión de documentar con fotos y

filmaciones el viaje. Totalizábamos entonces, una tripulación de diez.


A contar de ese momento y ya en el puerto, me enfoqué a completar las formas exigidas

por la autoridad marítima y a comunicarles el plan de navegación. La Capitanía de

Valparaíso tuvo la gentileza de cedernos un computador y un puesto de trabajo. Además

nos prestaron para la travesía, un equipo GPS personal y cartografía náutica, de gran ayuda

para la navegación.


Acordamos con la autoridad marítima que debíamos reportar nuestra posición al menos

dos veces al día (a las 08:00 y a las 20:00) para lo cual contábamos con un equipo de

comunicación satelital que aún estaba siendo instalado en ese momento. Contábamos

además con una radiobaliza de localización o EPIRB, a mi juicio el equipo más importante

que llevaríamos abordo ya que, en caso de estimarlo necesario, me permitiría comunicar

una emergencia con facilidad y activar el protocolo correspondiente. La Armada puso a sus

técnicos a instalar y probar los equipos durante todo el fin de semana, de manera que

estuviéramos en condiciones de zarpar de acuerdo al plan. Las horas transcurrieron rápido

y casi sin darme cuenta ya teníamos todo listo o, al menos eso pensé.El gran momento llegó, se dio comienzo a la ceremonia presidida por el entonces Comandante en Jefe de la Primera Zona Naval, Almirante De la Maza, autoridades políticas, muchos amigos, familiares, operarios del puerto y turistas. La banda de la Armada tocó Los Nibelungos luego de lo cual vinieron los discursos, intercambio de recuerdos, bailes y cantos de Rapa Nui. Llegó el momento de zarpar ante unas doscientas personas que seguían de cerca y emocionadas la ceremonia. Sólo en ese momento me enteré por Lynn de que necesitábamos subir unos bidones de combustible y, que se quedaría con alguien más a

comprar verduras en el puerto … ¡horror!.


El protocolo de la ceremonia decía que había que largar amarras y zarpar. Algo angustiado

miré al público, claramente todos esperaban que hiciéramos justamente eso … ¡zarpar!. Los

ojos llorosos de algunos asistentes emocionados, algunos otros desbordantes de orgullo,

inquisidores como los de los marinos presentes, todos esperaban el clímax de la ceremonia,

otros, debo mencionarlo, esperaban simplemente que nos largáramos de una vez por todas

para completar su trabajo. No tenía opción, debería zarpar y dar paso al esperado momento

faltando aún tres de los tripulantes y las ya famosas verduras.


Largamos amarras y avanzamos con el

mínimo de motor y sin velas, sorteando las embarcaciones que se encontraban

fondeadas en la poza hasta que nos

perdimos de vista del muelle, detrás de un

pesquero. En ese momento, me sentí por

unos segundos más relajado, ya que como ya no nos veían desde el muelle, pensaba que no tendría que seguir

“simulando” la partida.


Poco me duró la tranquilidad ya que apareció una lancha de esas que hacen paseos a los

“barcos de guerra” llena de turistas. La lancha nos seguía como empujándonos lejos de la

costa. Al fin, luego de una larga media hora, abordo de una embarcación del “Bote

Salvavidas” de Valparaíso, llegaron las esperadas verduras y los tres tripulantes faltantes.

Ya estábamos todos y pudimos cazar las velas. Teníamos un viento del sur y una mar que

nos empujaban favorablemente al rumbo a navegar, 340°.

​La idea era navegar a un rumbo que nos llevara al norte y que, al mismo tiempo nos alejara gradualmente de la costa. Ese track nos llevaría en una trayectoria circular siguiendo el margen del anticiclón, aprovechando los vientos favorables predominantes en torno a él. Al fin estábamos navegando, para la mayoría de la tripulación era la recta final de una larga carrera que había comenzado hacía casi dos años, cuando algunos de ellos se trasladaron a Quellón para construir la embarcación.


Para mí, el comienzo de una hermosa aventura durante la cual tendría la misión de contribuir a que alcanzaran su sueño, un gran privilegio.


Estimé que dada la poca experiencia que teníamos entre la tripulación, era mejor mantener

grupos grandes y además, reducir el tiempo de ocio del que dispondríamos cuando no

estuviéramos de turno. Como yo no los conocía tan bien, le pedí a Lynn que distribuyera a

la tripulación en los dos grupos que haríamos las guardias durante la navegación. No tuve

dudas de que él tendría la sabiduría de crear dos grupos equilibrados.


El viento era bastante fuerte, cerca de treinta nudos y las olas del sur weste, de unos tres a

cuatro metros. No dejaba de pensar en el palo mayor y la falta que nos hacía un estay de

popa. Con el fin de reducir la fuerza que recibía el palo pusimos motor y dejamos el foque

para mantener la proa estable. Debo reconocer que el Kuini Analola navegaba muy bien de

esa forma, sin esfuerzos significativos y surfeando bellamente las olas. Llegamos en esos

momentos a siete nudos, la mayor velocidad que logramos en la travesía.


Lynn me cedió su “camarote” para que estuviera más cómodo. Después de varios días no

creo que estuviera más cómodo ni más seco pero definitivamente gozaba de cierta

intimidad que, dadas las comodidades y el espacio disponibles, era un verdadero lujo

abordo. Fundamental y de gran importancia resultó el hecho de que en ese lugar se

mantenía la radio y la fuente de poder que permitía cargar los equipos, consideraciones

prácticas que por sí solas hacían aconsejable que yo durmiera ahí. Sobre todo y más allá de

los argumentos a favor y en contra, yo lo veo aún como un gesto de deferencia yconsideración de Lynn al cederme el que era su lugar. Estas muestras de generosidad y

respeto por parte de Lynn Rapu y la tripulación se repitieron muchas veces durante la

navegación, dichas expresiones hicieron que me sintiera permanentemente muy

comprometido a responder a sus expectativas de la mejor manera.


El espacio donde yo dormía estaba junto al “baño” en cubierta, tenía un metro y veinte

centímetros de largo por setenta centímetros de ancho, yo mido 1,88 m. En él se ubicaban

también los equipos de comunicación y fuentes de poder, razón por la que se encontraba

plagado de conectores, perillas y todo tipo de cosas que no deben ser tocadas, presionadas

o movidas. Una vez que me introducía en esa especie de nicho lleno de luces de colores y

verdaderas trampas, ya no podía darme vuelta o moverme mucho. Los otros miembros del

equipo que no tenían el privilegio de usar la “suite” de abordo, honor asignado en esta

oportunidad al Capitán, debían dormir bajo cubierta en uno de los cascos del catamarán. Si

bien, es cierto que acomodaban sus colchones en una superficie plana y amplia en la cual

podían estirarse y acomodarse como quisieran, debían alternarse en el uso del colchón con

un miembro de la otra guardia. El lugar no sólo acumulaba condensación en las paredes

sino que el agua de mar se abría paso al interior, a través de pequeñas pero numerosas y

persistentes vías a través del casco. Cada cierto tiempo, usando baldes la tripulación debía

extraer el agua de la sentina, ya que las bombas eléctricas, por una razón que nunca

entendí, no sólo no se encontraban conectadas sino que se mantenían dentro de sus cajas.

Mención especial merece el hecho de que debido a los materiales usados en su construcción y el particular diseño de la habitabilidad, estos espacios son unas gigantescas cajas de resonancia dentro de las que cualquier ruido o golpecito en el exterior, se magnifica varias veces. Este hecho no es menor considerando que gran parte de la tripulación son de hecho, talentosos músicos. Llevábamos dos “ukeleles”, armas tan implacables como efectivas para impedir el sueño, que fueron usadas de manera constante para mantener el ánimo de la tripulación en buena forma. Al comienzo fue difícil pero luego de dos noches estaba yo lo suficientemente cansado como para no escucharlos.


Mantuvimos el rumbo y las condiciones de mar y viento no variaron significativamente en

la primera noche. Gradualmente dejó de hacer frio, al mismo tiempo que aumentaba lahumedad. Al tercer día las condiciones de mar mejoraron y el viento bajó a unos 15 nudos,

siempre del SSW. Esto nos permitió una navegación más placentera. Pudimos secar la ropa,

relajarnos y gracias a Hoko, que sacó un bonito atún, disfrutar de un rico cebiche al

atardecer. Con este relativo "relajamiento", nos pudimos concentrar con mayor atención

en los aspectos más importantes de una navegación segura. Estábamos tomando el ritmo

necesario de toda buena navegación oceánica.


Respecto de las labores domésticas, fue muy grato advertir que de manera espontánea cada uno de los miembros de la tripulación demostró siempre preocupación por cooperar. El

lavado de la vajilla, la limpieza del baño o el orden y aseo de los lugares en que se dormía,

fueron preocupación permanente de todos y no fue en lo absoluto necesario elaborar un

listado de responsabilidades o asignación de tareas. Cuando hubo que ordenar o asear la

cubierta bastó con que yo lo mencionara para que todos se abocaran con esmero a dejar

todo impecable… teníamos en el equipo una actitud que hizo que todo pareciera fácil.

20:00 del día 3 de Abril, se nos informó por radio que la lancha “Coquimbo” de la Armada

iría a nuestro encuentro para asegurarse de que estuviéramos bien. En la madrugada del

día 4 divisamos las luces de la embarcación al sureste de nuestra posición. Luego de algunos minutos, la tripulación de esta nos contactó por radio y acordé con su Comandante que se aproximarían al catamarán con las primeras luces.


Siendo las 08:00 horas del día 4,

aproximadamente a 200 millas de la costa y con las primeras luces, tuvimos el rendezvous con la Coquimbo en coordenadas 29° 00´ S, 074° 47´ W. Tal como lo habíamos acordado, apenas la luz del amanecer nos permitió ver la lancha a unos doscientos metros, comenzaron la maniobra para bajar un bote de goma. Minutos después este llegaba

a nuestro costado con cinco personas.


Apenas pudieron, saltaron al catamarán tres entusiastas marinos que luego de saludar efusivamente, comenzaron aorganizar la foto de rigor. Fue muy grato para nosotros apreciar el entusiasmo de los marinos y muy estimulante el orgullo que expresaron sentir por lo que nosotros estábamos haciendo. Este sentimiento, honesto, humilde y noble de los marinos, me sería expresado en repetidas oportunidades en distintas circunstancias, por oficiales y personal de la Armada antes, durante y luego de la navegación realizada.


Después de unos veinte minutos durante los que conversamos alegremente con los

marinos, nos entregaron algunos regalos y se nos proveyó de agua fresca, pan amasado,

diarios, etc., el personal de la Armada regresó a la patrullera, nos desearon buena suerte y

pusieron rumbo de regreso a Coquimbo, nuevamente estábamos solos. Nuestras mentes

se enfocaron nuevamente en nuestra navegación y en los desafíos inmediatos que teníamos

por delante.


El régimen normal abordo se encontraba fuertemente condicionado por los turnos de

guardia. Ya estábamos lo suficientemente cansados como para que la mayoría sólo quisiera

descansar en el rato libre. Hoko, que las oficiaba de contramaestre, además se lucía todos

los días preparando y por supuesto probando… “hasta salir completamente de la duda”,

ricos almuerzos con los que nunca dejó de sorprendernos.

​Hoko es el único a quien podríamos considerar como un “hombre de mar” entre la tripulación Rapa Nui, pues en la isla dedica la mayor parte de su tiempo a su oficio de pescador. Es además un virtuoso músico. Con Hoko tuvimos largas y muy gratas conversaciones respecto de la manera en que él y su mujer han educado a sus hijos; en estrecho contacto con la naturaleza, disfrutando de los deportes en la playa, jugando en las olas y por cierto, compartiendo durante la pesca del atún, de la misma manera en que lo hizo su padre con él.


Como no hay manuales ni textos que se usen para transmitir la cultura ello se

hace, en la medida de lo posible, de manera testimonial, lo que requiere que alguien relate

y otro escuche o, compartiendo actividades especiales entre padres e hijos.Durante las cuatro horas de guardia, a veces se daban conversaciones muy animadas sobre temas a veces algo conflictivos pero siempre interesantes. Otras veces salían los ukeleles y nos poníamos a cantar. Aun cuando fueron pocas las guardias tediosas, por razones obvias,

estas sólo se hicieron más frecuentes hacia el final del viaje.

​El tema del control del agua dulce y la existencia del combustible eran para mí críticos. Confié en Claudio (Ramírez), uno de los tres chilenos continentales que íbamos, el control del consumo y existencia de tales recursos. A sus grandes cualidades como ser humano y como gran colaborador del equipo, se agrega una extraordinaria capacidad para reparar casi cualquier cosa.


Claudio no teme tener que desarmar algo, siempre puede volver a armarlo y lo más probable, repararlo con éxito.

Claudio es empresario y debido a que sus negocios lo vinculan desde hace tiempo con la

isla, conoce muy bien la cultura y a su gente. Se integró a la tripulación desde la construcción del Kuini Analola en Chiloé.

​Nos encontramos ya a unas 500 millas del continente sudamericano, es el 7 de Abril. El amanecer nos presentó en el horizonte a las islas San Félix y San Ambrosio, conocidas antiguamente como "Las Desventuradas".


La navegación ha sido grata y nos ha permitido secar ropa y sacos de dormir en cubierta.

El ánimo está bueno, cada uno se ha enfocado en las labores de abordo... tratamos de

mantenernos ocupados y descansar apropiadamente. Cerca de estos promontorios rocosos

en la mitad del océano, suele haber más vida marina y actividad. Hemos visto muy de cerca

ballenas piloto, y nos han acompañado diversos tipos de aves y familias de simpáticos

delfines grises que juguetean bajo la proa.


Durante una de las noches en las cercanías de San Félix y San Ambrosio, un gaviotín se

estrelló con nuestra vela de proa y cayó sobre la cubierta. Benjamín recogió

cuidadosamente al ave que estaba aturdida y la guardó en un canasto por si lograba

recuperarse. Al amanecer pudimos comprobar con mucho gusto que el paciente se

encontraba totalmente recuperado así es que fue liberado. A este, así como a otros hechos

relacionados con la naturaleza le fue dado un significado especial y positivo, una forma de

contacto con los ancestros. Esta conexión con los ancestros parece estar profundamente

arraigada en la cultura Rapa Nui y forma parte de todas las expresiones artísticas, rituales y

fiestas. Sin dudas, la gran espiritualidad del pueblo Rapa Nui y, particularmente de nuestra

tripulación, constituyó una valiosa fortaleza durante la navegación.


El día 9 de Abril, me fue imposible comunicar nuestra posición y contactar a estación alguna

usando nuestro equipo satelital. Durante tres días el equipo simplemente no transmitió. En

consecuencia y en estricto cumplimiento de los protocolos, la Armada dio un aviso de

búsqueda temiendo que algo nos hubiera sucedido.


​Hoy 10 de Abril, divisamos un buque mercante en el horizonte, nos contactamos por radio y nos informó que variaría su trayectoria para pasar navegando junto a nosotros. Se trataba del "Baltic Glory", un petrolero gigantesco con bandera de las Islas Marshall.




Fue todo un espectáculo en la mitad del Océano Pacífico, este tremendo buque de más de trescientos metros de eslora pasando a menos de doscientos metros de nosotros para confirmar que nos encontrábamos sin problemas y de seguro para sacarle fotos a esta “rareza” que se habían encontrado.

Luego nos enteraríamos de que la Armada, junto con dar el aviso de búsqueda, había

solicitado a los buques que navegaban la zona, le informaran de nuestra situación y

condición si es que llegaban a toparse con nosotros.


El día 11 nos sobrevuela a baja altura un

avión CASA C 295 de la Armada realizando labores de control de tráfico marítimo.

Nos comunicaron por VHF y les

informamos que navegábamos de acuerdo al plan y sin novedades, salvo por la falla del equipo de comunicaciones satelitales.


Luego me comentarían que atravesamos una “zona de silencio satelital”,

generada por la deficiente cobertura de los satélites en el hemisferio sur. Este fue un

encuentro particularmente emocionante por lo inesperado, por lo fugaz y, por la sensación

de resguardo y seguridad que generó en nosotros. Pese a estar muy lejos y solos en la mitad del océano, estos ojos en el cielo nos seguían con celo. Luego del encuentro, por un rato no pude dejar de pensar en que la tripulación del avión ese día, muy probablemente... cenaría en sus casas.


Durante la navegación aprovechamos el tiempo para instruirnos en técnicas y herramientas

básicas de navegación ancestral. En varias oportunidades Miti, Sera y Benjamín nos

mostraban las constelaciones y cuerpos celestes nombrándolas por sus nombres

Hawaianos, Maories o Rapa Nui que yo trataba con poca suerte, de memorizar. Nos

hablaban de su valiosa experiencia en las academias de navegación ancestral en Nueva

Zelanda y Hawaii. Yo les explicaba la teoría y el uso de las cartas náuticas, compás,

meteorología y equipos de navegación satelital. Todos debieron también, preparar y luego

dar el informe de situación a la radio estación de Playa Ancha radio.


Desde el comienzo noté en todos los miembros del equipo una valiosa peculiaridad. A pesar

de ser músicos profesionales, empresarios, profesores y no tener una gran experiencia de

navegación y nula en navegación de alta mar, todos y cada uno de ellos se condujeron en

todo momento con gran aplomo y solvencia. No pocas veces noté que cuando fue necesario

explicarles algo que desconocían, luego lo manejaron o ejecutaron con impresionante

habilidad, como si lo hubieran hecho siempre. Es claro que se trata de un pueblo conprofundos rasgos marítimos y resulta evidente en ellos una impronta adquirida y

transmitida por miles de años y de la cual es imposible separarlos.


Ya nos escaseaba la comida fresca y la pesca no había sido lo exitosa que esperábamos que fuera. Varios, para ayudar a Hoko, ya se habían lucido preparando sus especialidades, lo que era siempre grato para todos. Más allá de lo rico que un plato puede quedar, el hecho

de que había sido hecho con cariño por alguien del equipo, le daba a la comida un gusto

especial que todos valorábamos. Como había suficiente harina, junto a Claudio decidimos

hacer pan amasado. No teníamos horno, sólo una cocina a gas con dos platos, pero su

ingenio nos permitió usar una olla como horno y sortear exitosamente el desafío. El pan

amasado se convirtió casi en un hábito. Miti que nunca lo había hecho, aprendió a nivel de

experta y nos sorprendió con el mejor que disfrutamos durante la navegación. Dejamos de

comer pan amasado sólo cuando nos quedamos sin harina, casi al llegar a Rapa Nui.

Teníamos muy presente que debía zarpar desde Rapa Nui con destino a Valparaíso el

patrullero de alta mar de la Armada de Chile “Policarpo Toro”. Era la intención de la Armada

hacer que este desviara su track de navegación habitual hacia el norte, de manera de

propiciar un rendezvous con el Kuini Analola. La fundación Ao Tupuna de la cual Lynn y su

mujer Mayma son fundadores y líderes, estaba ya embarcando encomiendas con mensajes

y comida que familias y amigos enviaban a la tripulación desde la isla.


​El ansiado encuentro con el Toro se produce finalmente el día 12 de abril. Las condiciones eran muy apropiadas, una suave brisa y un mar calmo permitieron bajar con tranquilidad y seguridad dos

botes desde el buque, uno se dedicó solo a bajar carga y el otro condujo a dos oficiales que junto con un enfermero abordaron el Kuini Analola.


Su objetivo era fundamentalmente asegurarse de que estábamos en buenas condiciones para continuar la navegación de manera segura. Nos llevaron víveres, agua, pan amasado y unas ricas empanadas que valoramos muchísimo ya que habían sido hechas especialmente para nosotros en un díaque no era Jueves (Jueves es el día de la semana en que se come empanada y cazuela en la Armada).


Durante toda la navegación, mantuvimos un señuelo al final de una línea de nylon con el fin

de pescar. Debo decir, a propósito de esto, que la pesca fue muy mala. Sólo un atún y una

palometa en todo el viaje. Fue en ese señuelo que en un momento descubrimos que había

un ave muerta, la pobre seguramente confundió el señuelo y lo atacó desde el aire

quedando fatalmente enganchada. Al momento de darnos cuenta ya era tarde, Lynn y Hoko

se limitaron a desengancharla y a colgarla para usar sus plumas más tarde.

El riesgo de embarcarse en esta aventura en el mes de Abril tiene que ver con condiciones

climáticas que en este mes se tornan inestables o cambian para mal. Así nos sucedió el día

17 de Abril cuando el viento desapareció completamente debido a un súbito desplazamiento del centro de alta o Anticiclón hacia el norte. Durante tres días estuvimos flotando más o menos en el mismo sector. En este tipo de situaciones no hay mucho que hacer más allá que esperar pacientemente. El ánimo de la tripulación, aún cuando siempre se mantuvo bueno, dio muestras de estar recibiendo castigo, el nivel de ansiedad había aumentado de manera tal que era fácil que se frustraran o que tuviéramos algún conflicto serio. Pequeños roces y tensiones se manifestaron como producto del cansancio y de la frustración al ver que no avanzábamos. Era el momento de una pequeña distención y un baño de mar. Aprovechando que no nos movíamos, la tripulación saltó al costado y disfrutaron de un reconfortante baño de mar. Yo me quedé abordo por dos razones.

Conocidos y no pocos, son los casos de navegantes que en esta misma situación saltan todos al agua y súbitamente una brisa artera les arrebata la embarcación dejándolos a todos en la peor de las condiciones. La otra razón es que estábamos ya en una zona donde abundan varias especies de tiburones, los que son más fácil de ver desde la altura de la cubierta. El Capitán debía sacrificarse y las oficié entonces de vigía, si aparecía alguno quería ser capaz de verlo y dar la alarma. Cualquier herida en estas condiciones, por pequeña que sea, es potencialmente grave. El riesgo de infecciones complejas, especialmente cualquiera derivada de una herida por mordida de animal, podría haber sido incluso de riesgo vital y por supuesto, en la menos mala de las situaciones, comprometería el éxito de nuestro viaje. A raíz de esto mismo fui especialmente estricto con el manejo de los anzuelos y cuchillos abordo.


Cuando llevábamos ya un par de días en el mismo lugar, decidí comunicarme con Playa

Ancha Radio y consultarles la situación sinóptica, ello me daría una idea de las condiciones

que nos esperaban al menos para reducir la incertidumbre. El operador de la radio entendió

inmediatamente la situación y me pidió esperar unos minutos mientras confirmaba con

especialistas. Al cabo de cinco minutos me contacta y me informa que al día siguiente, a las

20:00 horas, en la posición en que estábamos tendríamos 15 nudos de viento del SE. Me

pareció una excelente noticia, al menos ahora teníamos una hora límite que redujo la

incertidumbre y mejoró el ánimo abordo. Les aseguré que a la hora señalada tendríamos el

viento necesario para avanzar, salieron los ukeleles y se animaron las conversaciones.

Al día siguiente, a las 19:00 estábamos todos en cubierta esperando la llegada del viento.

Yo sabía que obviamente estos pronósticos están condicionados a una serie de factores que

pueden variar y consideraciones que pueden no darse, de tal manera que el anhelado viento

podría retrasarse o fácilmente no llegar. Sin embargo, no era el momento para compartir

mi preocupación, sólo me quedaba esperar que se cumpliera y si no, tratar de manejar la

situación de la mejor manera. Faltaban sólo veinte minutos para la hora y nada en el

ambiente advertía del esperado viento.


Repentinamente y casi por acto de magia, las velas que hasta ese momento ya habían

completado tres días totalmente planas, se inflaron con una primera tímida racha. Al cabo

de unos minutos ya navegábamos, despacio pero avanzábamos con 15 nudos de viento…

eran las 20:00 horas. Yo también “tengo mis dioses” le dije a la tripulación, y luego agregué

“y trabajan en Playa Ancha para todos nosotros”.

Era la hora de la comunicación con Playa Ancha Radio así es que aproveché de agradecerle

a “mis dioses” y felicitarles por el certero pronóstico de viento, ¡Bravo Zulú!.

Las oraciones en cubierta eran parte del régimen diario, ya sea para agradecer o para pedir

algo a los ancestros. Lynn nos invitaba a formar un círculo y mientras nos tomábamos de las

manos, en voz alta expresaba unas palabras en lengua Rapa Nui. Yo mismo no profeso religión, sin embargo, creo en el espíritu del ser humano y que este trasciende la vida

terrenal como la conocemos. Así como los hombres han sido capaces de grandes

atrocidades consignadas en varios capítulos de nuestra historia, también ha habido

numerosas muestras de nuestras grandezas, nuestra propia supervivencia es fruto de ella,

que seamos capaces de soñar y de perseguir nuestros sueños es también producto de

nuestras virtudes.


Durante todo el viaje, Hoko y Lynn han estado trabajando en componer una música y una

danza (Haka o Hoko en Rapa Nui) que deberemos mostrar a nuestra llegada y que de alguna manera cuente la historia de la navegación que estábamos haciendo. Este es un ejemplo de cómo se transmiten las historias y el conocimiento en la cultura Rapa Nui. Apenas se pudo, comenzamos a practicar la danza, una performance muy atractiva y una música pegajosa y muy bonita. Había que soltar un poco el cuerpo, equilibrarse por el movimiento y coordinar el movimiento con el resto. Al comienzo me costó recordar las secuencias pero ya luego comenzó a tomar forma. Las prácticas se desarrollaban todos los días por una hora a eso de las 20:00. Practicamos hasta el último día antes de la recalada.

Al momento de planificar el track de navegación tuve en mente elementos de diversa

naturaleza. Principalmente consideré los vientos, fundamentales para avanzar hacia el

objetivo. También me preocupé de introducir varios hitos, ello nos permitiría fijar metas y

logros parciales que, al igual que los pasos que damos mientras caminamos, nos llevarían a

la larga a alcanzar la meta final.

​La isla “Salas y Gómez”, nombrada por

el navegante español que la descubrió (Salas) y por el navegante que luego la exploró y levantó (Gómez), representa para el pueblo Rapa Nui un sitio sagrado. Se dice que el Dios Haua vivía ahí y que este le habría entregado las aves al Dios Make Make para que las llevara a Rapa Nui.


Ninguno de los que formamos parte de la tripulación había estado en el islote. Son muy pocas las personas que han tenido ese privilegio, de manera que cuando Lynn se enteró de que teníamos pensado pasar cercade él, se llenó de entusiasmo y me solicitó que nos detuviéramos y que lo dejara nadar en el lugar. Por la importancia que reviste en la mitología de Rapa Nui, comprendí de inmediato que para Lynn y los tripulantes isleños, esta constituía una oportunidad única en la vida, yo no habría podido impedírselos. Sólo les pedí que, atendiendo a que en torno a la isla era abundante la fauna, incluyendo tiburones, una vez en el agua tuvieran la precaución de no alejarse más de tres metros de la embarcación.


​La aproximación al islote es muy

interesante. Lo primero que se ve es un

faro que por sus colores (rojo y blanco)

destaca claramente en el horizonte y

además se ve bastante más grande de lo

que es.


Luego, en la medida que nos acercamos comienza a aparecer el promontorio rocoso de sólo 30 metros de elevación, 700 metros de largo y unos 200 de ancho. La profundidad en torno al islote es de aproximadamente 3500 metros. Se trata de un gigantesco cerro (quizás un volcán extinto) en el que no existe vegetación, sólo bolones de piedras. Nos aproximamos por el lado noreste, la cara protegida de las olas, hasta una distancia de unos 150 metros y, nos mantuvimos ahí para que pudieran tirarse al agua. De los isleños sólo Miti, Lynn y Herbert se lanzaron al agua, bastante nerviosos ya que vimos numerosos tiburones de arrecife en el fondo del lugar. Después de que se dieron el gustito, durante el cual el resto de la tripulación se mantuvo vigilantes y atentos, subieron abordo y dimos una vuelta completa a la isla para que pudiéramos verla bien. Luego de una hora, satisfechos y contentos, seguimos viaje rumbo a Rapa Nui, habíamos pasado el último hito programado.


​Apenas dejamos la isla Motu Motiro Hiva, observamos que de vuelta encontrada venía navegando una embarcación que apareció en el horizonte. Nos comunicamos por radio y nos hizo saber que se trataba de un pesquero de Rapa Nui que se encontraba en labores de pesca en la zona.


Cuando supieron que se trataba del Kuini Analola me pidieronencontrarse con nosotros objeto poder saludar a la tripulación. Media hora después estábamos amarrados al costado del pequeño pesquerito. Su tripulación, por supuesto conocidos de toda la tripulación abordo, no daba más del entusiasmo y la felicidad de haber sido los primeros de la isla en recibir al Kuini Analola. Luego de una media hora de una animada conversación y de ponerse al día de todas las copuchas de la isla y relatos de nuestra experiencia, nos despedimos y continuamos viaje.


Llevábamos una cantidad de combustible bastante limitada. La ventaja de usarlo era que

podríamos avanzar, sin embargo, el haberlo usado antes no nos habría dejado en ninguna

posición mejor que la anterior… no agregaba valor alguno. Por lo tanto yo no había querido

usar motor antes de Motu Motiro Hiva. Ahora la situación era distinta porque aun cuando

todavía no nos alcanzaba para llegar a la isla, sí nos acercaría al velero Nanaku de Rapa Nui, que venía con combustible a encontrarnos. Este combustible nos permitiría controlar el

avance y en consecuencia, la hora de recalada. Cuando estábamos más o menos a 80 millas de la isla y contando con dos litros de combustible en el estanque, divisamos el velero.

Luego de algunos minutos nos abarloamos de costado. Después de los abrazos y saludos de rigor traspasamos el combustible y continuamos viaje, esta vez usando el motor.

La ceremonia estaba programada para las 09:00 del día siguiente, sin embargo, yo quería

llegar rápido para que la tripulación pudiera descansar durante la noche. Una alternativa

habría sido bajar el andar y recalar a la hora de la ceremonia a Anakena pero la ansiedad de la gente era tal en este momento que todos estaban en cubierta escrutando el horizonte en busca de la isla. Ninguno de ellos habría podido descansar y además no paraban de

comentar.

​En el atardecer pudimos ver hacia el Este la nubosidad típica de la isla, era Rapa Nui que se nos presentaba en el horizonte. Poco a poco a medida que la luminosidad

del crepúsculo dio paso a la noche, se comenzó a ver la luminosidad de Hanga Roa sobre las nubes que la cubrían.


El momento era de mucha emoción, más de alguno soltó una lágrima al ver que

este proyecto de dos años concluía una etapa importante y que esta aventura que nos tomó27 días estaba llegando a su fin con éxito. Pasaron largas horas de evidente excitación

abordo, nadie se quería perder la aproximación a la isla. Ahora creo que si hubiera yo

optado por bajar el andar y recalar al día siguiente, habría corrido el riesgo de ser arrojado

al agua junto a mis humildes pertenencias.


Habíamos pasado el promontorio de El Poike y ya se podían ver con claridad las luces de los vehículos que circulaban en la isla. Como yo no conocía el lugar y no contábamos con la

carta correspondiente, pedí orientaciones a Hoko. Él conocía a la perfección estos lugares.

Mi idea era fondear a la gira en La Perouse, una bahía cercana a Anakena en la que

podíamos pasar la noche Tranquilos. Teníamos condiciones de viento y mar desfavorables

del noreste que pegaban directamente contra la costa de la isla y se nos hizo complicada la

aproximación de noche. Tratamos de entrar a La Perouse pero en un momento en que me

sentí sin el control necesario y dadas las malas condiciones, decidí abortar la entrada e irnos directamente a Anakena, que era más amplio. Ahí además, podíamos anclar en la entrada de la bahía. En Ovahe existe un faro que constituye la única referencia confiable para ubicarse en las condiciones en que estábamos. Con el faro por la cuadra, pude identificar la punta sureste de Anakena, frente a la que debíamos fondear. Nos aproximamos hasta que aprecié estábamos en la entrada a la bahía. Teníamos unos 15 metros por estribor, ahí estaban claramente las rompientes y a unos 20 metros la otra punta por babor… en ese punto tiramos el fierro.


Desde el lugar veíamos claramente grandes fogatas junto a la playa. Había mucho

movimiento de gente trabajando en los preparativos para nuestra recepción al día

siguiente. Todos menos Benjamín y yo, que nos quedamos de guardia, se fueron a dormir.

De repente aparece Lynn en traje de baño y me dice que quiere bajar a tierra nadando. Lo

miré a los ojos tratando de entender claramente lo que estaba pasando y pensé; “Este es

un mundo especial y las personas, que son todas especiales… hacen cosas especiales”. Le

pregunté si estaba seguro de lo que estaba haciendo y cuando respondió afirmativamente,

sólo le dije ¡anda con cuidado!. Dicho esto salto por la borda y sólo atinamos a seguirlo con

linternas hasta que se subió a las rocas de la orilla. Cuando regresó dos horas más tarde, meavisó y se fue a descansar. Hicimos los relevos y entregamos la guardia para ir también a

descansar nosotros.

​Cuatro horas más tarde, antes del

amanecer levantamos el ancla y

encendimos motor para salir de la

bahía. Afuera había un poco de

marejada y terminamos de ordenar la

cubierta.


Planificamos la entrada mientras todos comenzaban a ponerse sus vestimentas

típicas. Con Lynn estábamos muy preocupados de varar justo a las 09:00 que era la hora

programada para la ceremonia. Aún teníamos un par de horas, las que usamos para

prepararnos con tranquilidad. Cuando ya eran las 08:30 y estábamos listos. Dimos la vuelta

y pusimos proa a la bahía. El viento era suave y justo desde afuera de la bahía, lo que nos

permitiría entrar a vela. Divisamos gente en la playa y embarcaciones que nos salieron al

encuentro. Unos metros antes, como lo habíamos acordado, Herbert lanza el ancla por la

popa y el resto de la tripulación baja las velas en una hermosa maniobra perfectamente

coordinada. Gritos emocionados de la gente en la playa, música y lindos bailes polinésicos,

danzas maoríes y simulaciones guerreras. A continuación hicimos nuestra performance

abordo, que fue aclamada con mucho gusto por los asistentes. Cuando se comienzan a

repetir las canciones y siguen bailando sin entrar a los discursos ni bajar a tierra, nos dimos

cuenta de que algo pasaba con la hora… estábamos haciendo tiempo. No sabíamos que

durante nuestra navegación se había adoptado el horario de invierno y se había atrasado

una hora. Después de tanta preocupación por llegar justo a tiempo, varamos a las 08:00 en

punto, una hora antes de la ceremonia.


Bastó con rellenar y apelar a la creatividad de lasque estaban ahí. La demora fue positiva también porque cuando llegó la hora de bajar a

tierra se dio rienda suelta a las emociones contenidas y todo fue muy bonito, especialmente

emocionante para la tripulación y seres queridos.


​La sensación que tuve al momento de bajar a tierra fue de mucha emoción y de un gran relajamiento, al fin estábamos ahí y la misión estaba cumplida. Ahí estaba

también Mario y su familia completa.



Fueron grandes y cálidos abrazos con el agua hasta las rodillas… no importaba mojarse o revolcarse en las olas, ya estábamos ahí y había que celebrarlo. A todos nos colocaron collares de flores como bienvenida, que hermosa costumbre.


​La ceremonia continuó en el Ahu Hucke, lugar al que caminamos desde la playa. Ya había mucha gente, quizás unas 300 personas que nos rodearon en este lugar sagrado. Después de los discursos de los líderes locales asistentes, de la Ministra

de las Culturas y de cada uno de los miembros de la tripulación, se depositó sobre el Ahu una roca traída desde Chiloé, como es la costumbre de los viajeros que provienen de lugares lejanos. Luego, caminamos al Ahu Nau Nau en el que se le pusieron los ojos a uno de los moai para que los ancestros pudieran ver lo que estaba sucediendo, un hermoso simbolismo. Fue un momento fantástico, de mucha emoción y carga energética.


Luego de las danzas y rituales, se instaló como una ofrenda, una roca conmemorativa de la

llegada del Kuini Analola labrada con el nombre de la embarcación y la figura de ella en

relieve. La Ministra en sus palabras destaca que a contar de esa fecha, el 27 de Abril sería

reconocido oficialmente como el día de la navegación ancestral en Chile.Estas ceremonias dieron paso a un gran curanto donde los asistentes pudieron compartir y

disfrutar de la comida. A esa altura yo no daba más, me tiritaban las piernas y me invadió

un nivel de cansancio que no había sufrido nunca. Confieso que lo único que quería era una

ducha caliente y dormir en un lugar limpio, seco y… que no se moviera. Luego llegaría al

hotel donde pude bañarme y descansar. Qué manera de disfrutar ese descanso.

Durante una semana que permanecí en la isla fuimos agasajados y reconocidos. Asimismo,

tuve la fortuna de seguir conociendo gente maravillosa. Cuando tuve la oportunidad, cumplí

además con el compromiso que había adquirido de devolver personalmente los elementos

que la Armada nos había prestado y además, quise entregar una carta de la que adjunto

copia, en la que agradezco el apoyo de la institución al entonces CJ de la Primera Zona Naval y hoy Comandante en Jefe de la Armada, Almirante señor De la Maza.


Ya había respondido a mi compromiso de ayudar a Lynn y a su gente a alcanzar su sueño.

Tal como lo supe al momento de aceptar este compromiso, fue para mí un extraordinario

privilegio, una experiencia única que recordaré con muy especial cariño durante toda mi

vida.

 

Lynn Rapu Tuki - Empresario, Músico

Maherenha Ika Melín (Hoko) - Pescador, Músico

Benjamín Carlinati Tuki – Empresario

José Belisario Rapu Tuki (Hopo) - Músico

Claudio Ramírez - Empresario

Serafina Moulton - Profesora de lenguas

Vaimiti Peña Teao - Estudiante

Herbert Hasse Paté - Estudiante

Felipe Castro - Fotógrafo

Raúl Zapata – Oficial de Marina (R), Ingeniero, Capitán


Mis agradecimientos especiales a Lynn Rapu Tuki de la Fundación Ao Tupuna y a Mario

Carabelli Zapata de Muelle ASIMAR Quintero, por invitarme a participar de esta aventura

y por permitir que otros puedan soñar.



 

A mis hermanos de Rapa Nui … ¡Maururu, Iorana Korua!




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